jueves, 16 de abril de 2020

Y cuéntame, ¿qué has hecho?


No sé a ustedes, supongo que sí, pero en estos largos días de cuarentena, unas cuantas personas me han preguntado: "y ¿qué más, cuéntame que has hecho?"... Al principio, confieso que me ha parecido absurda y fuera de orden la pregunta, pero luego, entiendo que es una manera de entablar una conversa cuando no se tiene un tema del qué hablar.

Y tras reflexionar y responder al último que me la hizo, me dio la idea para escribir y pues, aquí respondo: He estado ocupado y trabajando en casa, arreglando y renovando mi hogar, disfrutando mi vida casera. NO he salido (lo hago sólo una vez a la semana y al supermercado, donde no hablo con nadie, sino con la cajera y el empaquetador, soy muy antipático y mantengo lo que ahora todos conocemos como "social distance" y el metro y medio, por sia)...

NO he ido al cine (he visto unas cuantas películas y series en casa). NO he ido a comer fuera (pedí un delivery de ceviches hace una semana y estaban exquisitos y muuuuuucho más barato que en un restaurante, y comimos dos días) aparte, sorprendí a unos primos y a unos buenos amigos, mandándoles uno de regalo... al final, creo que yo disfruté más la sorpresa que ellos...

NO he ido a la playa (tomo sol en mi terraza y ya tengo buen color). NO he ido a trotar (y ya engordé unos kilos, no diré cuántos). NO he podido ir a la iglesia (pero he seguido mis misas en línea o en la tele). NO me he reunido con mis primos y amigos (pero estoy en contacto con ellos por whatsapp, FaceTime o Zoom y nos enteramos igual de todo, nos reímos y disfrutamos de la compañía, a distancia)...

NO he ido al vivero a comprar matas (he resembrado y cambiado muchas de las que tengo). Los jardineros NO han podido venir (ahora, me encargo yo y mi jardín está mucho más cuidado). NO he tenido que ir a comprar libros ni revistas (las consigo por montones en internet o me las mandan, y gratis)... he leído desde la Hola! para saber de la vida de Letizia y Felipe, la Men's Health, para ver cómo otros hacen ejercicios y se ponen buenotes, hasta la National Geographic, para hacer un poco de turismo…

Terminé un libro muy bueno de una periodista española que me mantuvo hasta el final para saber quién era el asesino múltiple y ahora, estoy leyendo dos al mismo tiempo (uno de ellos, CIEN AÑOS DE SOLEDAD del gran García Márquez, que lo podría leer mil veces… ya esta es mi tercera y cómo lo disfruto). NO puedo visitar a mi Mamá, pero la veo y hablo con ella por horas unas tres veces por semana…

NO he ido de rumba ni a tomarme un trago (pongo música en casa, bailamos y nos estamos bebiendo las botellas que tenemos guardadas desde hace aaaaaños). NO he ido al teatro ni a museos, pero he visto una pila de conciertos, desde uno maravilloso de Cindy Lauper hasta el de Andrea Bocelli de hace unos días). He paseado por el Louvre, el Prado, el Moma de Nueva York… y hasta los siete templos en Semana Santa...

Siempre he sido muy aseado y cuidadoso con la higiene, y ahora, aprendí a lavarme bien las manos como los cirujanos, a quitarme los zapatos cuando entro a casa, a limpiar el volante y las manillas del carro con alcohol, a cuidarme de la pila de bacterias que hay en un supermercado, a lavar las frutas y dejarlas como si fueran de plástico, a taparme bien la boca cuando estornudo o toso (que realmente, lo he hecho muy poco, gracias a Dios), distinguir un buen tapaboca de otro, a cómo quitarme los guantes y evitar tocar la piel y mucho menos, la cara…

He visto algunos y borrado sin ver, la pila de videos de autoayuda y de mensajes empalagosos  y casi llorones, que me mandan por whatsapp, desde los buenos días con florecitas y tazas de café (que no sé de dónde sacan tantos cará), pasando por las simpáticas cosas que ha hecho y sigue haciendo la gente desde sus balcones, hasta reírme con los memes que mandan con los negros de Ghana, bailando los ataúdes y la creatividad que ha despertado a muchos...

Jamás había hablado tanto con mis ex compañeros de la universidad y es como si aún siguiera yendo a clases con ellos. NO envío muchas cosas por whatsapp porque no tengo mucho tiempo ante la avalancha de fotos, videos y mensajes que recibo por minuto y casi me desmayo cuando me llegó la cuenta de Internet. 

NO estaba muy inspirado para escribir en estos días, y MENOS sobre el coronavirus del cual ya sabemos casi todo… y ya ven, partiendo de una sencilla pregunta, miren todo lo que he hecho en más de un mes de cuarentena… y lo que falta.

Si estás aburrido u obstinado de estar en casa, un buen ejercicio para entretenerse es ponerse a escribir o recordar todo lo que hemos hecho o inventado desde que comenzó esta crisis, aprender y descubrir cómo ocuparnos y así, darnos cuenta que no necesitamos mucho para estar bien y para estar cerca y conocer a nuestra familia, amigos y la gente que queremos. No necesitamos estar en la calle para sentirnos vivos y vivir nuestra vida lo mejor posible… 

Ánimo, fuerza y quédate en casa. Nada es eterno y después que pase todo esto, nos echaremos los cuentos y nos preguntaremos “¿cómo pasaste el coronavirus del 2020?”.



sábado, 28 de marzo de 2020

¿Cuántos panes tienes?


Semanas atrás, aprendí que, frente a un problema, enfermedad, preocupación, un disgusto, cuando estemos deprimidos, sumidos en una tristeza, nos sintamos traicionados por alguien, nos agobie el estrés, o simplemente, que algo no nos deje estar tranquilos, vale preguntarnos: ¿Cuántos panes tengo?

No es que al formular la pregunta, enseguida nos traerá la solución. Al hacerlo, comenzaremos un proceso de sanación del problema, nos permitirá reflexionar, nos ayudará a ver las cosas de otra manera o punto de vista, y nos abrirá una puerta que no veíamos o que pensábamos imposible de abrir, para finalmente, conseguir la solución, lidiar mejor con el problema y, por ende, sentirnos mejor, aliviarnos, quitarnos el peso de encima.

Antes que llegara el bendito Covid19, tuve la gran dicha de participar por primera vez, en una misa de sanación. Y ¡qué experiencia tan maravillosa!

Fui con un grupo de buenas amigas y colegas de la universidad, con la intención de ayudar y orar por la salud de una de ellas. Al final, todos salimos renovados. Esta verdadera fiesta energética, nos ayudó a sanar algo que no estaba bien en cada uno, un mal físico, espiritual, de pareja, trabajo, familiar...

Si todos los curas interpretaran la palabra de Jesucristo como lo hace el padre Pedro José Guerra, de la Parroquia "Jesús Obrero" de Guarenas, las iglesias estarían siempre abarrotadas, la participación activa y las manifestaciones de fe serían muy distintas, más espontáneas, sinceras, verdaderas y mucho más humanas.

Aquel día, la lectura del evangelio correspondía al milagro de Jesús, conocido como la multiplicación de los panes. Y durante casi dos horas de sermón, el Padre Guerra cautivó con sus palabras y nos hizo entender lo que Jesús quiso decir realmente con su: ¿Cuántos panes tienes?, multiplicando los siete panes y peces que había en unas canastas y alimentando entonces a una multitud de personas.

Nos envolvió de tal forma con sus palabras y explicaciones, que al final pedíamos al Padre que siguiera. Nos dijo que la multiplicación de los panes y peces, era un mensaje de Jesús para que aprendiéramos cómo enfrentar y resolver los problemas. Y de eso trataba tanto la lectura, como la actividad de sanación: de sanar un problema, sin obviar, claro está el poder de la oración y la fe. ¡Y resultó tan sencillo!

Cuando algo nos agobia, solemos preguntarnos o echar de menos lo que no tenemos: ay, cuando éramos novios, él era muy cariñoso conmigo… cuando era joven, yo saltaba y corría por todas partes, hacía y comía de todo… antes de llegar el nuevo jefe, en la oficina todo andaba de maravilla… ¿cuánto hemos perdido desde que llegó el chavismo a Venezuela?...

Siempre, extrañamos o evocamos lo que no tenemos. El Padre Guerra nos enseñó que de nada sirve pensar en lo que ya no tenemos, eso nos hace mucho más daño, nos frustra, nos debilita, nos acaba… Y debemos hacer todo lo contrario: enfocarnos en lo que tenemos y cómo resolverlo con eso… ¿Cuántos panes tengo?

Si nos concentramos en lo que tenemos, conseguiremos una solución. Si son sólo cuatro cosas, pues una de ellas o uniéndolas todas, nos ayudará a salir del problema. Hoy ¿mi salud está afectada?, pues tengo vida, médicos, familia, alternativas de curación, fuerza interior… ¿no tengo dinero?, pues tengo manos, ingenio, amigos, experiencia en algo, alguna herramienta… ¿mi matrimonio está mal?, pues aún estamos juntos, tenemos una familia, una casa, una vida juntos, tenemos tiempo para resolverlo, mi prima conoce a un terapista…

Es mejor pensar en cuántos panes tengo y no en: me voy a morir, ya todo se acabó, mi enfermedad es incurable y ya nada se puede hacer… lo poco que gano apenas me alcanza, antes podía viajar, comprar lo que quería… las discusiones con mi pareja ya me agotan y son un círculo vicioso, ya nada es igual. Si nos enfocamos en los panes que tenemos, podemos salir adelante y sanarnos.

¿Estás harto, obstinado del encierro, de la cuarentena?, pues entonces ¿cuántos panes tienes? Cálmate, busca qué hacer y todo pasará mejor… arregla esa gaveta que tienes años esperando que le metas mano, haz ejercicios sobre el pedazo de alfombra que tienes guardada, pinta con los pinceles y temperas que tienen años llevando polvo, habla con tu familia, tus hijos, tus amigos, con tus vecinos desde el balcón… escribe, canta, ora y pide a Dios te de paz, paciencia y tranquilidad, respira profundo, escucha música, lee, … OCÚPATE, deja de preocuparte y de pensar en el hastío.

Pregúntate: ¿cuántos panes tienes? y conseguirás la solución… ¡Feliz cuarentena mundo!





sábado, 14 de marzo de 2020

Amaranto, sabor caraqueño


Atendiendo a la gentil invitación de mi amiga y colega Alida Rodríguez, tuve la gran dicha de participar en una prueba realizada en el Instituto Culinario de Caracas (ICC) en Chuao. Velada de casi cinco horas, muy amena, sabrosa y sobria, que nos paseó por los sabores de la cocina tradicional caraqueña, en torno al menú “Amaranto” elaborado y presentado por los amables, sonrientes y nerviosos alumnos del II Nivel del instituto.

Con el bendito coronavirus como tema recurrente –que marcó el saludo y la conversa de todos los convidados- los estudiantes nos recibieron y atendieron digna y muy correctamente, para adentrarnos en este trabajo colectivo, pleno de cuidados detalles, que disfrutamos teniendo como fondo la música tradicional caraqueña.

El Amaranto, también conocido como Bledo, Yerba Caracas o Pira, es una de las plantas con mayores beneficios nutricionales e incluso, industriales. Los antiguos habitantes de Caracas lo utilizaban como alimento. A este súper alimento oxigenante cerebral, cuyo valor nutritivo es equivalente al de la espinaca, podemos verle en muchos rincones, al caminar por las calles de la ciudad, creciendo obstinadamente sin que nadie la haya sembrado.

Por su rica historia y presencia en la cocina caraqueña, los chicos del II Nivel del ICC, decidieron llamar su menú “Amaranto”, el cual estuvo presente en algunos de los platos degustados, en las invitaciones enviadas, el menú impreso, en una caja piramidal con un bombón de agradecimiento por asistir y hasta en el color de las cintas que lucieron las chicas para atar sus cabellos.

Un fresco y colorido Granizado de parchita nos dio la bienvenida, con su característico acidito y a mi gusto, con una pequeña falta de dulce, más granizado y menos trozos de hielo.

El menú comenzó con un Abrebocas, tradicional y fijo invitado de las celebraciones venezolanas: Tequeños, con salsa de papelón y una exquisita y celebrada confitura de naranja. Luego, las Entradas: un Mondongo de res (tenía años que no lo probaba) cuyo sabor se resaltaba con limón y un picante de ají criollo, seguido por una delicada y finamente presentada, Hallaca de contundente guiso caraqueño, acompañada de un gentil Pan de jamón… en mi mesa se comentó: qué rico es comerse una hallaca en marzo!!!

Con las explicaciones de rigor por parte de los alumnos, llegaron los Principales: Lengua en salsa (de la que, confieso, no soy muy amigo) con arroz de ají dulce y ensalada de rúgula con finos cortes de cebolla y rábano, y toques de semillas de amaranto. Seguido por un muy criollo Asado negro con Bombones de tajadas, rellenos de queso blanco, verdadera sorpresa y sensación del plato.

Entre la buena charla y uno que otro tropiezo de los chicos en su afán por servirnos y demostrar lo aprendido, sirvieron el Antepostre: nada más memorable de los cumpleaños de nuestra infancia que un cremoso Chantilly, dulce que causó sorpresa en mi mesa, cuando uno de los presentes afirmó desconocerlo.

Enseguida, apareció una pareja luciendo dos buenas Tortas de coco, que engalanaron la mesa central, mientras le tomábamos fotos y nos explicaban su olvidada historia y qué íbamos a descubrir en ellas, incluyendo unos pequeños bombones de coco, inspirados en los famosos “coquitos” de la dulcería venezolana.

Tras el generoso trozo de torta, nos obsequiaron un rico café merideño, cortesía de QUIERO1CAFE, acompañado por unas simpáticas Polvorosas en forma de cucharitas.

Al concluir la prueba, los alumnos se retiraron, con cara de susto y los comensales nos reunimos para evaluar lo presentado y disfrutado. Tras una discusión, en la cual se expusieron varios puntos de vista, basados en la experiencia vivida (no todos disfrutamos del mismo servicio de sala, explicaciones de los platos e incluso, porciones, elementos y emplatados), retornaron los alumnos para recibir nuestro agradecimiento, felicitaciones, sugerencias, recomendaciones y, por supuesto, la nota de la prueba.

Ya relajados los chicos, complacidos y agradecidos los invitados, nos despedimos, con pocos saludos de mano y más de antebrazos y hasta caderas, agradeciendo el invitarnos a formar parte de esta experiencia protagonizada por la deliciosa gastronomía caraqueña, que contó además con la decoración de Paisajismo Ecotono, los bombones de cacao 70% rellenos de parchita de Chocolates Amilcao y la colaboración de Brunuá.   

Una muestra más de que en Venezuela hay mucha gente que sigue haciendo bien las cosas y preparando a muchos jóvenes talentos para hacer de este país una gran sociedad, próspera, creativa y feliz. BRAVO y mis felicitaciones a todo el equipo del Instituto Culinario de Caracas… y a ti, Alida querida, mil mil gracias!!!




domingo, 8 de marzo de 2020

Mi moto juega tenis

En Venezuela llamamos “moto o motorizado” al mensajero de las oficinas, a la persona que lleva y trae documentos o encomiendas rápidas en una ciudad, manejando una motocicleta. El mío, Henry, es un tipo súper pilas, decente, responsable, rápido, que sabe resolver las cosas, conversador, buen padre de familia y gran trabajador.

Henry tiene 56 años y vive en Guarenas, una ciudad satélite a 38 kilómetros al este de Caracas. Y todos los días, bien temprano, sube por la autopista a Caracas junto a miles de personas más, que vienen a trabajar, estudiar o hacer diligencias. Y como tantos que viven allí, se regresa a casa con luz de día –de ser posible- para evitar los peligros en la vía, causados principalmente por la delincuencia.

Mi moto, es un tipo tostado por el sol, de ojos grandes y una sonrisa franca. Es atlético y musculoso, y además, juega tenis. Es un verdadero apasionado del llamado “deporte blanco” (aunque ya de blanco sólo queda el torneo de Wimbledon). Cuando habla de tenis, le brillan los ojos, se emociona, gesticula, se mueve tal y como corre en la cancha, vibra narrando sus jugadas, triunfos y derrotas. Como buen tenista, dice que llegar de segundo es perder y feo. Habla constantemente de sus ídolos, los monstruos Federer, Nadal y Djokovic, asegurando que nadie podrá igualarlos nunca.

Mi moto, juega dobles, representando al equipo del Parque del Este, conformado –como él- por gente sencilla, llana, trabajadora… gente común y corriente, que practica en una cancha pública. Y con toda su humildad, mi moto compite y se codea en la cancha con jugadores de clubes privados, elitescos y ricos de la ciudad.

Mi moto me cuenta que muchas veces ha sentido que sus contrincantes y hasta el público, cuando se presentan en la cancha,  los mira como los pobrecitos del torneo, con cierto menosprecio, como los tierruítos que juegan tenis. Y dice que muchas veces la gente se sorprende que unos motorizados practiquen este deporte.

Y yo me pregunto: ¿por qué pasa esto?, ¿por qué la gente humilde y sencilla no puede o no tiene el derecho a jugar tenis, golf u otros deportes considerados para ricos? ¿hay algo más masivo, unificante e inclusivo que el deporte?

Esto es un reflejo de la sociedad en que vivimos y es por ello que muchos luchamos para conseguir que todos tengamos los mismos derechos (y deberes) para con el país y que todos los ciudadanos tengamos las mismas oportunidades y obligaciones para tener una nación próspera, digna, segura y que brinde protección y un mejor futuro a sus habitantes.

Mi moto juega tenis, sí. Me habla con pasión de sus partidos, pero también me cuenta todo lo que sufre y padece para llevar el pan a su casa, para pagar las facturas, para tener un servicio médico y de salud. Habla del gran Nadal y de lo caro que está la comida o lo que cuesta un caucho para la moto.

Habla del poderoso Federer y de lo imposible que es conseguir lo básico para subsistir o del matraqueo y persecución constante que sufre a manos de la policía. Habla del portento de Djokovic y con nostalgia, de cómo se vivía antes, en la otra Venezuela que le permitió comprar un carro, su apartamento de Guarenas, cuando se daba el lujo de cambiar su moto por otra último modelo. Cuando en diciembre podía hacer sus hallacas y tomarse unos traguitos sin mayor problema.

Mi moto es de esos millones de venezolanos que han visto cómo su poder adquisitivo se ha ido deteriorando y hoy, está prácticamente por el suelo. Mi moto está entre esos millones de venezolanos que hoy se sienten frustrados y que no ven un futuro mejor para sus hijos y nietos.

Mi moto es de los que habla pestes de la revolución, de Maduro, del chavismo… pero creo que es de los millones que creyeron y votaron por aquel Chávez encantador de serpientes que les prometió villas y castillas, y les cambió espejitos por la riqueza y tesoros del país, que secuestró la libertad y la prosperidad de Venezuela, humillando, manipulando y postrando al pueblo a su servicio y placer.

Mi moto, es un tipo que le echa bolas al trabajo, que se juega la vida todos los días en las calles de Caracas, bajo un sol inclemente, lluvia y frío. Que lleva una pila de papeles, carpetas y sobres en su viejo maletín de cuero. Un tipo que guerrea la vida tal como corre y batalla en la cancha, acalambrado y adolorido, alerta, apasionado y cuyo único objetivo es alzar una copa y ser campeón de la liga.

Por él y por muchos motos decentes más, es que debemos seguir luchando por conseguir que este país cambie para mejor, que este país sepulte de una vez por todas a la mal llamada “revolución bonita”, y que juntos logremos escribir la verdadera historia de la quinta República que trajo la destrucción y el saqueo de esta gran nación.

Que juntos, podamos construir un nuevo país, en el cual todos tengamos las mismas oportunidades, derechos y deberes, en el que todos podamos ser felices y disfrutar de una vida digna. Un país en que todos podamos jugar sin menosprecios, miradas escondidas y sonrisas falsas, y alzar con orgullo el trofeo que ganamos con mucho esfuerzo.

Henry, es el primero de la izquierda.










sábado, 15 de febrero de 2020

Sorpresas de la vida


El gran maestro y compositor panameño Rubén Blades, en la (para mí) más emblemática de sus canciones, dice “La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida…” rematando la frase con un “ay, Dios”.

Y es así de simple, la vida se alimenta de sorpresas. Con el paso del tiempo vamos viviendo y asimilando las experiencias que ellas nos van trayendo y dejando.

De niños, las sentimos cuando descubrieron alguna de nuestras travesuras. Nos ganamos un buen susto cuando en el colegio el grandulón o el grupo de bravucones sobrados, nos acorralaron para hacernos algo que hoy llamamos bullying. En las navidades nos llenábamos de alegría cuando al despertar, descubríamos los regalos que nos trajo el Niño Jesús.

A lo largo de la vida, nos llegan muchas sorpresas. Buenas, malas, tristes, alegres, muy dolorosas, generosas, impactantes… sorpresas que nos contentan, nos asombran, nos llenan de sentimientos muy variados y que, a fin de cuentas, nos hacen sentir cada vez más vivos.

Sorpresas que nos hacen tomar decisiones, duras y radicales, como cuando aspirábamos a un ascenso y nos enteramos que se lo dieron a otra persona y entonces, decidimos mandar a la porra a un jefe y a un trabajo en el que descubrimos que no tenemos más futuro. Cuando nos cayó la revolución bolivariana encima y dijimos “me voy del país, no aguanto más, hay que hacerlo ya”, o cuando terminamos una relación porque nos montaron los cachos o simplemente, nos damos cuenta que el amor (de la vida) se acabó.

Sorpresas sencillas, sentidas y hasta divertidas, como cuando aparece de la nada un viejo amigo, a través de una llamada, un correo, un mensaje de texto o whatsapp o nos lo topamos de pronto en algún lugar del planeta. Cuando un hijo o un sobrino te hace una pregunta de aquellas, a la que no sabes qué responder y estás obligado a hacerlo mientras unos ojitos inocentes te clavan una mirada perturbadora. O cuando nos lanzamos a conquistar a alguien, y al invitarle a salir descubrimos que no sabe bailar, comportarse socialmente, o simplemente, no sabe besar…

La vida nos da sorpresas, sí, y nos lleva en una especie de montaña rusa. Estamos arriba, de pronto caemos en picada, volvemos a subir y a estar en calma, para luego pasar un buen susto, dar giros pasmosos y volver a empezar.

A mí me ha dado muchas… ufffff cuántas. Y realmente, estoy agradecido a Dios y a la vida por ellas.

Hace ya casi 20 años, mi carrera profesional se disparó vertiginosamente. De la noche a la mañana, pasé de proveedor de uno de los tres más grandes grupos de publicidad y comunicaciones del país, a ser socio y miembro activo de su junta directiva.

Gané dinero, relaciones, posición, reconocimientos, mucho trabajo, viajes y satisfacciones. Descubrí y aprendí cantidad de cosas buenas y unas tantas malas, conocí en gran medida la verdadera naturaleza del ser humano… tres años después, todo se vino abajo. Mis respetados y honorables socios, se declararon en quiebra, se fugaron y me dejaron literalmente, en la calle.

Tres meses después, recién llegando a la casa de mis viejos en Valencia para pasar el fin de semana, papá muere sorpresivamente mientras jurungaba feliz un carro nuevo que mis hermanos le habían regalado ese día.

La vida se encargó de sorprenderme, de cerrarme y abrirme puertas, que inesperadamente me ayudaron a levantarme, a fortalecerme y a seguir el camino, tomando mis propias decisiones y mi negocio. Y gracias a Dios, tuve éxito.

En el año 2013, en las semanas cercanas al día de mi cumpleaños recibí dos noticias devastadoras: mi hermano y su familia, los únicos que me quedaban en Venezuela, se van del país y tras hacerme un examen médico de rutina, descubro que algo no estaba bien y esto me cambió la vida.

El día de mi cumple, tuve que hacer de tripas corazón para no reventar a llorar, cuando un gentío me cantaba el ay que noche tan preciosa, mientras abrazaba a mi sobrino adorado, que en ese entonces tendría seis años y que pronto partiría a una vida mucho mejor en Portugal.   

Pero luego, nuevamente, me sorprendí porque no todo se puso tan negro como lo veía entonces. Me fui sorprendiendo, descubriendo lo que cada día me traía, viviendo y asimilando lo que venía.

En 2015, un infarto me llevó de súbito a una sala de terapia intensiva y tras un cateterismo de emergencia, descubro que tenía una obstrucción coronaria del 99%. ¡Lo cuento de milagro pues!

Esto provocó un cambio radical de vida. Bajé el estrés de mi trabajo, muy exitoso, pero agobiante. Decidí cerrar mi empresa (proceso que tardó tres años), alimentarme mejor y mucho más sano, hacer ejercicios regularmente y a tener una vida lo más pacífica y tranquila posible.

Bajé 12 kilos, me dediqué a hacer voluntariado y ayudar a muchas personas, a asesorar y emprender nuevos negocios menos estresantes, lucrativos y gratificantes, a vivir la mejor vida que pueda, a acercarme a mi familia y seres queridos… a hacer esa llamada a viejos amigos para sorprenderles y retomar la historia que dejamos atrás.

Un día me sorprendí y me acerqué nuevamente a la iglesia, y ahora cultivo, vivo mi fe y mis creencias, y alimento mi alma. Todos los días hablo con mucha gente y trato de brindarles un poco de alegría y de sorprenderles.

De esto se trata la vida, que es muy corta, además. De la noche a la mañana nos damos cuenta que ya estamos mayores y que el tiempo ha pasado, pero seguimos esperanzados y sabemos que aún tenemos muchas sorpresas por vivir.

Y sí, Don Rubén… la vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida… ¡ay Dios!



domingo, 12 de enero de 2020

La generación brillante: ¿Qué hicimos mal?


No soy amigo de los grupos de whatsapp, pero tal como supongo le pasa a la gran mayoría, al final sucumbo y entro en alguno. Muchas veces me aburro y me canso de tantos mensajes (en especial los empalagosos y de crecimiento personal, sorry) o de los “buenos días” con taza de café virtual incluida. Pero, reconozco que siempre surgen cosas muy divertidas, discusiones interesantes o mensajes que nos dejan buenos aprendizajes de vida.

Desde la pasada Navidad, formo parte de un nuevo grupo junto a mis compañeros de la Universidad Católica Andrés Bello, de la cual egresamos hace ya treinta y dos años… TREINTA Y DOS, nada menos. Y desde entonces, hemos compartido una verdadera avalancha de anécdotas y recordado (o confundido) nombres, profesores, materias, exámenes, trabajos, libros, prácticas, etc… memorias imborrables de aquella época, cuando nos preparábamos para comernos el mundo.

Somos la última generación de comunicadores sociales graduada en la Venezuela Saudita, la Venezuela próspera, abundante, fresca, tranquila, segura, rica, alegre, un poco pretenciosa y prepotente, la que recibía aún millones de inmigrantes, la de la democracia más sólida y larga del continente, la del mayor ingreso per cápita... 

Somos la generación de jóvenes del tristemente famoso “Viernes Negro”, a partir del cual todo cambió y nos cambió para siempre, como personas, como profesionales, como ciudadanos, como sociedad, como pueblo, como nación. Somos los primeros jóvenes de la Venezuela de esta larga, muy larga, deprimente, injusta, terrible y dolorosa crisis.

Pertenezco a una promoción de gente valiosísima, talentosa y realmente brillante. Unos muy conocidos, famosos y polémicos, amados y odiados, seguidos y bloqueados, perseguidos y hasta asesinados… Destacados profesionales de la palabra, el periodismo, el teatro, el mercadeo, las relaciones públicas, el cine, la comunicación audiovisual, la radio, el análisis político y social, profesores, pensadores… y también muchos otros, que realizan una importante labor más privada y callada, los que se dedicaron a sus familias o a forjarse la vida en áreas totalmente ajenas al mundo de la comunicación.

Pertenezco a esa generación de profesionales altamente calificados y preparados, que tuvimos la gran suerte de iniciar y consolidar una gran carrera en Venezuela y que luego, vivimos la gran desgracia (y dicha) de emigrar del país y diseminarse por el mundo, buscando un futuro mejor.

Muchos de mis colegas hoy forman parte de la enorme diáspora venezolana regada por los cinco continentes. La “generación brillante”, como la llamó el administrador y creador del grupo de whatsapp. Promoción de casi ciento cincuenta colegas, de la cual hoy sólo quedamos en Venezuela, poco más de cuarenta (no exagero). Es decir, el 75% por ciento de mi promoción, se fue.

Ayer, una de mis viejas amigas y colegas, lanzó de sopetón una reflexión, ofreciendo sus disculpas por romper la burbuja de chistes, risas y recuerdos juveniles. Palabras hermosas, espontáneas y sí, duras y profundas, que me conmovieron (no sé a los demás) y que inspiraron lo que ahora escribo. Por ello, me tomo la licencia de copiarlas y compartirlas con ustedes:

“El otro día me encontré a Leonardo Padrón y le dije que muchas veces me había preguntado cómo habíamos llegado a lo que somos ahora como país, que a la sombra del apamate, junto a la estatua de Bello podíamos sentarnos juntos, gente que ahora está en los polos opuestos, podíamos charlar ignorantes del futuro que nos esperaba. Qué tristeza, a veces me pregunto qué hicimos mal, si hubiésemos sido más sabios, más certeros, y aún hoy cómo podríamos revertir ese daño, qué karma tan duro y si aún hay chance de cambiar los rumbos. Lo siento si rompo la burbuja. Abrazos!”

Y es así, cuántas veces nos hemos preguntado ¿qué nos pasó?, ¿qué hicimos mal?, ¿por qué nos dejamos arrebatar la ilusión, el país que construyeron nuestros abuelos y padres?, ¿por qué dejamos que otros modificaran nuestro futuro?... ¿ha sido nuestra culpa?, y como dice mi colega ¿por qué este karma tan duro y largo?

Casualmente, otra de mis grandes amigas y colegas, muy conocida periodista, desterrada y exiliada hace ya diez años del país, le comentaba a uno de los invitados a su programa de televisión exactamente lo mismo: “muchas veces me he preguntado ¿qué hicimos para recibir y seguir viviendo tanto sufrimiento y dolor?, ¿por qué los venezolanos hemos vivido todo esto?... ¿hasta cuándo esta larga y muy terrible pesadilla?”

Es así, pertenezco a esa generación que hoy llora ya sin lágrimas y se mira las manos por las que muchas de sus ilusiones y sueños se le han ido como arena… esa generación que aún lucha por conquistar la libertad y vivir en un país digno que dejar a nuestros hijos… cientos de miles de hijos que hemos abrazado, despedido y bendecido, con un dolor sangrante en el alma, derramado sobre los mosaicos poli cromáticos de nuestro gran Cruz-Diez, en Maiquetía.

Y sí mi querida Alicia (autora de la reflexión), a pesar de todo, soy de los miles de nuestra generación que aún seguimos creyendo que sí podemos revertir el daño, que sí tenemos chance de cambiar los rumbos, que mientras tengamos vida, tenemos la oportunidad de ser sabios, de corregir y aprender de lo que hicimos mal, de ser más certeros y de construir un país nuevo, distinto, mejor, digno, alegre, próspero y feliz… un país que recoja lo mejor de las cinco repúblicas, un país que rescate la memoria y gesta de nuestros héroes, un país en el cual nos respetemos, nos toleremos y en el cual nos sintamos orgullosos de ser ciudadanos de primera, defensores de nuestros derechos y gestores de nuestros deberes.

Creo en ello y estoy convencido que así será… eso sí, no sé si podré tener la dicha de verlo, disfrutarlo y vivirlo, pero al menos y junto a muchos, sigo arando esta tierra sagrada y sembrando miles de semillas que algún día germinarán y darán sus buenos frutos.

Y estoy seguro que muchos otros, en años venideros, escribirán con orgullo todo lo que hicimos bien para tener ese gran país con el que hoy seguimos soñando.

A mis colegas comunicadores de la promoción 82-87 de la Católica y a todos los millones de venezolanos de ayer, de hoy y de mañana: no desesperemos. Todo pasa, esta pesadilla pasará, este país volverá a brillar… y, aunque suene cursi, recuerden que detrás de la tormenta, siempre viene la calma y un hermoso arco iris.



domingo, 29 de diciembre de 2019

¡¡¡GRACIAS 2019!!!

A sólo horas de concluir el 2019, comparto con ustedes mi balance del año y doy gracias a Dios por estos 365 días, buenos, malos, duros, difíciles, esperanzadores, frustrantes, alegres, inesperados, gratificantes, depresivos, satisfactorios, reconfortantes… en fin, 365 días en los que vivimos de todo.
En enero, vi la graduación por secretaría del dictador Maduro “juramentándose” ante su TSJ. Me ilusioné, salí a la calle, creí y celebré junto a miles de caraqueños la “juramentación popular" del otro Presidente, Juan Guaidó, en Las Mercedes.
En febrero, viví las amenazas y los juegos de guerra del dictador contra los vecinos colombianos, las patéticas y hasta graciosas “maniobras militares” de su milicia anciana y desarmada. Celebré la salida del socialismo en El Salvador, con su nuevo Presidente, el joven Bukele. Me calenté con la “neutralidad positiva” del Papa Francisco respecto a la situación en Venezuela. Me emocioné y volví a ilusionarme con el concierto “Aid Venezuela” en la frontera, para luego ver con impotencia y dolor lo que la dictadura hacía con la ayuda humanitaria que intentaba entrar al país.
En marzo, padecí 66 horas continuas sin luz en casa, cuando casi todo el país se paralizó y quedó a oscuras por días. Vi cómo los colectivos maduristas impartían miedo y terror en las calles. Sentí impotencia y rabia ante la maldad y sadismo manifiesto tras la condena por “corrupción espiritual” a la jueza Afiuni.
En abril, lamenté el incendio de la catedral de Notre Dame en París, en cuyo patrio trasero disfruté bajo la sombra de un árbol, lo hermosa de su hoy caída torre. Durante el mes pasé muchas nuevas horas sin luz. Y el día 30 me desperté muy temprano, me sorprendí al leer las noticias y ver a Leopoldo López junto a Guaidó y un grupo de militares en la autopista. No me lo creía, volví a ilusionarme y salí a la calle con mi bandera y mis esperanzas… pocas horas después, cansado de esquivar las bombas lacrimógenas y correr ante los ataques de las hordas de colectivos, regresé a casa nuevamente con el ánimo por el piso… y guardé mi bandera en el closet.
En mayo, seguí el asalto de aquel mínúsculo grupo de trasnochados comunistoides gringos a la embajada de Venezuela en Washington y su posterior liberación. Padecí otros múltiples apagones de luz y vi los desesperados intentos de la dictadura por tratar de lavar su imagen frente al mundo, dando patéticas entrevistas pagadas en los medios más influyentes.
En junio, comenzando el mes pasé otras 14 horas sin luz. Me enfoqué en levantar fondos para la urgente y muy costosa operación de una prima muy querida, que luego celebré por su exitoso resultado, y seguí la visita al país de la comisionada de Derechos Humanos de la ONU, Michelle Bachelet.
En julio, sentí cierto fresquito por el demoledor informe de la señora Bachelet, respecto al estado de los Derechos Humanos en Venezuela y escuché con estupor cuando “instó” a la dictadura a cambiar. Seguí de lejito la nueva farsa de diálogo montada en Barbados por Noruega entre los vivos y sarcásticos del gobierno y los gafos de la oposición. A fin de mes, celebré 55 años muy sencillamente, sin fiestas ni bonches, con buena salud, amor, alegría y haciendo mi sexta y consecutiva peregrinación por la paz, recorriendo el Camino de Santiago en El Hatillo.
En agosto, me reí con la palabra de moda: Empoderamiento (sobre todo usada en los concursos de belleza o para referirse a lo que hoy deben hacer las mujeres). Escuché al insulso y guabinoso Capriles llamar “la loca esa” a María Corina. Me reí con la campaña de los maduristas, para recaudar 13 millones de firmas contra Trump (y que luego no se supo más nada de ella).
En septiembre, volví a pasar más de 16 horas sin luz. En Twitter comenté que el cuasi derrocado Maduro y sus secuaces seguían vivitos y coleando haciendo sus fechorías, mientras que Guaidó y su combo cumplían ya diez meses en el limbo.
En octubre, viajé a Europa nuevamente. Conocí Rumania y compartí unos días inolvidables con mis sobrinos y sus encantadoras niñas. En España, viví otros días junto a mis primos que también viajaron a la madre patria y juntos firmamos –después de un largo año de trámites y papeleo- nuestra ciudadanía española. Mientras, celebraba los batazos de Altuve en la Serie Mundial, veía y aplaudía cómo se desmoronaba Evo Morales en Bolivia y me sorprendía por los saqueos y protestas “espontáneas” en Chile.
En noviembre, llegó la brisa bolivariana a Colombia y el desastre y las nuevas torpezas de unos cuantos diputados de la oposición. Volví a Portugal y disfruté el calor de mi familia después de tres años sin verles. Abracé y consentí a mi madre querida. Jugué sin comprender mucho los videojuegos que jugaba con mi adorado sobrino Sebastián. Caminé por Lisboa, abracé y conversé con mi encantadora y bella sobrina Valeria, me sorprendí al verla hecha toda una mujer y compartí con ella sus sueños y planes. Me alegré sobremanera al ver que mi hermano y mi cuñada, finalmente, compraron una nueva, muy cómoda y amplia casa. Y a fin del mes, disfruté ver la originalidad y fuerza de aquel grupo de mujeres chilenas y su protesta “El violador eres tú”.
En diciembre, sufrí y lloré muchísimo la inesperada y rápida partida de mi Gata querida... a la que extraño y veo por todas partes. Observé cómo se fortaleció, se viralizó y universalizó la protesta del “violador eres tú” y cómo también se desvirtuó. Vi con dolor cómo los chavistas convirtieron la Casa Natal del Libertador en un bazar navideño y La Casona, otrora respetable y orgullosa residencia de los Presidentes del país, en un centro cultural a nombre de un ilustre venezolano que nada tuvo que ver con dicha casa: Aquiles Nazoa. Celebré 33 años de vida en pareja con el amor de mi vida. Me emocioné y di gracias a Dios durante la hermosa misa de Nochebuena del 24 diciembre. Vi y disfruté el final de la saga de “Star Wars”.
Hoy, me senté a escribir y compartir con ustedes mi balance del año. Mañana me prepararé para celebrar con mis primos y tías la bienvenida del año 2020, con renovadas esperanzas de libertad para Venezuela.
2019 fue un año que trajo de todo, como siempre. Un año que me dio grandes alegrías y satisfacciones. Un largo año en el que trabajé duro para llevar alimentos y salud a más de 700 niños necesitados, un centenar de ancianos, niños con cáncer y a ayudar a muchas otras personas que la pasan tan mal, injustamente.
Este año aprendí que realmente no tengo problemas comparado con millones de personas y que por ello debo ser agradecido y dar a otros lo que a mí me sobra.
Este año me reencontré con Dios, practiqué y sigo practicando con alegría mi fe. Alimenté mi alma y mi espíritu, y me ha hecho mucho bien.
Por todo esto y más, ¡¡¡GRACIAS 2019!!! y ¡¡¡BIENVENIDO 2020!!!


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